viernes, 4 de diciembre de 2009

Amargura


Y lentamente voy recordando aquel dolor tan fuerte que se siente en el pecho, aquella opresión lacerante. Las lágrimas quieren brotar, incesantes, de mis ojos pero me abstengo. Mi orgullo puede más. Sonrío forzadamente. Simulo lo mejor que puedo pero ya no puedo más; el dolor me carcome, me consume hasta el punto de echarme a llorar como una niña que ha perdido su objeto más preciado. Huyo de allí.

Y ahora estoy aquí sentada, en el mismo sillón sombrío donde el viento despiadado no tiene compasión y sin embargo parece tratar de aliviar las penas, como aquellos tiempos en que sentía que la suerte, el destino, la vida me era adversa y solo me quedaba escribir para liberar mis sentimientos. Ha pasado ya mucho desde eso, empezaba a olvidar tal sensación. Malditas punzadas que calan justo en el medio del corazón, el amor es una mierda- pienso, cuando me recobro en cierta forma de la conmoción. Empiezo a escuchar nuevamente mi música estruendosa que solía acompañarme, siempre fiel, en mis días infortunados de congoja y amargura interminables, esa música que te transporta a un mundo inverosímil y un tanto inusual, en donde te olvidas de todo y la fascinación recorre por cada rincón de tu alma. Unas cuantas lágrimas brotan nuevamente, esta vez son de amargura:

Me enamoré de ti maldito y no te diste cuenta. Eres tan bobo que me heriste de la forma más insoportable sin siquiera percatarte. Mis ilusiones se rompieron y con ellas todas las pequeñas motivaciones que hacían que me despierte y vea el mundo de un modo distinto al que veía antes; antes de que aparezcas tú con tu estilo desvergonzado y atrayente con el que te comportabas siempre sin importar lo que podrían pensar de ti. “La vida es muy corta para andar fijándose en lo que dirá la gente” me decías. Te miraba con cara de tonta, desconcertada por cada una de tus palabras y la forma en que veías el mundo. Me sonreías y me despeinabas el cabello. Y ahora tengo que tragarme todo ese sentimiento, dejarlo ir y hacerle cuenta que nunca existió.

¡Auch! Siento de nuevo ese retortijón que hace que me encorve ligeramente y sacuda mi cabeza tratando de alejar tus palabras de mi mente. Es mejor ya no recordar; posiblemente sea la última vez que hable de ti y aunque aún te quiero trato de odiarte, odiarte a pesar de que cada una de mis células se resista y parezca confabular para no olvidarte.